domingo, 9 de octubre de 2016

Lo que se dice "casi santo"

Y yo me preguntaba: "Pues qué mosca le picó". Porque no obstante los cuernos que (dicen) le ponían con esa constancia que nace del "valemadrismo", también olvidaba las pelas que le propinaba con alegría carnavalesca. Y resultaba al final, que el muertito había sido casi un santo... bueno a decir de María "El mejor hombre del mundo".  ¡Que chistoso! a mí, el susodicho, me pareció siempre un escandaloso gritón, un borrachín al que había que huirle y un tío no muy simpático. Pero eso era solo mi punto de vista, a mis ojos "juzgones". En los de ella, evidentemente había adoración.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Mafalda y la señora Josefina

El sábado, en el viaje de regreso, desandando el camino que me lleva a la Cenicienta del Pacífico, conduje como siempre, alrededor de 4 horas hasta "La ciudad que capturó al sol". Llevaba algo de premura, tenía un compromiso a las 6 de la tarde. Una reunión "de los 34". Fue en ese festejo donde me enteré que la señora había muerto 6 meses atrás.

La mamá de mi mejor amiga cuando estudiaba la carrera. La señora Josefina. Había fallecido a principios de mayo. No me enteré hasta este sábado en la noche. Lamenté mucho el suceso. Lamenté no haber estado con la familia. Lamenté no haberla acompañado hasta su última morada. Lamenté todas las veces que tuve la intención de llegar a saludarla y no lo hice. Lo que quedaba por hacer era ir a presentar mis respetos. Así que el domingo temprano hice de tripas corazón y llegué a la casa, casi por instinto. Mi amiga no estaba. Ella vive en el estado de Puebla desde hace 34 años. Pero tres de las hijas de Josefina sí estaban. Además de una cantidad considerable de niños y adolescentes jugando en el patio... sus nietos.
Eso fue un viaje instantáneo al pasado. La señora Josefina dejó lindos recuerdos en mi. Una mujer adelantada a su época en pensamientos, pero atada a su realidad cargada de responsabilidades.
Trabajaba como asistente doméstica en uno de los fraccionamientos "pikis" de la época. Muy cerca de la escuela donde mi amiga y yo estudiábamos desde lo 15 años de edad. A veces, saliendo de la escuela llegábamos a donde laboraba "la doña". Así la llamaban los niños que cuidaba en esa casa. La patrona y sus hijos nos acogieron como lo mas natural del mundo. Querían mucho a la señora. Ávidas lectoras, mi amiga y yo nos tirábamos de panza en la alfombra a leer de la biblioteca de la casa. Sobre todo las viñetas de Quino. Mafalda. Cuando Facundo Cabral cantaba aquello de:

"Josefina se cansó de la cocina.
Tiene ganas de dar vueltas por la vida.
El puchero no le deja mucho tiempo,
no se puede navegar atado al puerto.
¡Pobre Josefina! dicen las vecinas
que viven igual."
Mi amiga le cantaba eso a su mamá, yo le hacía coros y tocaba la guitarra. "Pobre Josefina, dicen las vecinas... que viven igual."
Josefina era apacible y dulce. Siempre tenía un comentario acertado y positivo para todo. No había estudiado. Pero nos hacía preguntas sobre lo que leíamos. Compartimos con ella los cuentos de Horacio Quiroga, Edgar Allan Poe, Poesía de vanguardia y ¡tantas cosas!. Le gustaba viajar, aunque no podía hacerlo mucho por aquel entonces. Su casa era de adobe parado con piso de tierra. Cocinaba en estufa de petróleo, por eso mi amiga y sus hermanos siempre llevaban impregnada de ese olor su ropa. Muchos hijos. La comida apenas alcanzaba para ellos, pero invariablemente te hacía sentir bienvenido a su hogar. Sopa de fideo, frijoles de la olla y tortillas de maiz eran el menú cotidiano de aquella casa. 
Muy pocas veces volví a verla después de egresar. A mi me enviaron a trabajar al sur de Ensenada Baja California y a mi amiga la mandaron al estado de Puebla. En cuanto recibí mi primer sueldo compré la colección completa de las viñetas de Mafalda. La vida nos llevó por distintos rumbos. Muy pocas veces volvimos a coincidir, pero la señora Josefina, su mirada dulce y su personalidad apacible, siempre serán uno de mis recuerdos mas entrañables de la adolescencia.






sábado, 3 de enero de 2015

¡La encontré!


Eso de ponerse a olvidar cosas a propósitos tiene sus efectos colaterales. Pero un esfuerzo con algo de empeño y siguiendo las pistas tipo inspector Gadget ayudaron.

Cambiando de tema: Ya me fastidió eso de las redes sociales, reconozco que me gusta mas la intimidad de mi blog. Que de tan olvidado, había perdido la llave. El anonimato es un ingrediente importante para decir lo que se me pega la gana sin herir susceptibilidades.

¡Que frío!
Hacía por lo menos dos inviernos que no era necesario sacar abrigos. Hoy sí se necesitan. No se que número de frente frío va, pero nevó en la sierra y mi rancho se pone como congelador. El valle visto desde la sierra de noche, parece un mar de lava ¡me encanta! y supongo que con todos sus bemoles, me seguirá encantando.

¡Que "contentitud"!
Hace frío, ha llovido, encontré la llave y este fin de año no fui donde no quería estar desde que tengo memoria. ¡Ya era hora!

Ah, por cierto. Lo que no me gustó de Madrid fue la comida. Sufrí bastante por los sabores fortísimos de muchas cosas. Dirás (y dirás bien) que procediendo de un pueblo que come cueros de puerco, cabeza de puerco, patas de puerco, colas de puerco, estómago de rumiantes en caldo, gusanos de maguey y tacos en la calle de ve-tu-a-saber-qué-carne sea, no me queda ponerme quisquillosa. Pero es la verdad.

Tal vez ahora disfrute un poco mas lo sabores de la madre patria porque he aprendido a degustar los tintos ¡quien sabe! con suerte el serrano y el selva (¿o era pata?) negra no me sepan tan terrible, como en aquella ocasión.

sábado, 21 de junio de 2014

Ahhh, de las adicciones.


Una a la vez. 
Pero FUERA.


                                 Porque mejor afuera, que adentro.

                           Eso de hacerse adicto a las relaciones dañinas... puaj!!!

jueves, 22 de mayo de 2014

Tendré que

Acostumbrarme
a tu ausencia omnipresente.
El recuerdo de tu aroma
y tu perfil desnudo bañado de luz de luna.
A las preguntas sin respuesta.
A esos desencuentros como el de hoy.
Tu horrorosa ortografía
que ya jamás podrás corregir.
Una tarjeta olvidada en un recóndito lugar de la alacena.
Tu inconfundible letra y el mensaje casi palurdo.
¿Cómo pudo ser?
¡Yo que se!
Me enamoré de ti, no de tus letras.
En esto de la vida, fui yo, quien resultó ser analfabeta.